El sueño
El sueño —Hija mía, ya verás más adelante, conocerás la vida.
—La vida, ya la conozco.
—¿Dónde podrías haberla conocido?… Eres demasiado joven, ignoras el mal. Anda, que el mal existe, y es todopoderoso.
—El mal, el mal…
Angélique articulaba lentamente esta palabra para penetrar en su sentido. Y en sus ojos puros se leía el mismo asombro inocente. El mal, lo conocía bien, la Leyenda lo había mostrado. ¿No era el demonio, el mal? ¿Y no había visto ella al demonio siempre resucitado, pero siempre vencido? En todas las batallas rodaba por el suelo, molido a palos, digno de lástima.
—El mal, ¡ay, madre! ¡Si supiera usted cómo me río de él!… Sólo hay que dominarse y se vive feliz.
Hubertine hizo un gesto de inquietud y pesadumbre.
—Conseguirás que me arrepienta de haberte educado en esta casa, sola con nosotros, apartada de todos, ignorando hasta ese punto la existencia… Entonces, ¿con qué paraíso sueñas? ¿Cómo te imaginas el mundo?
El rostro de la muchacha se iluminaba con una gran esperanza, mientras manejaba la broca, inclinada, con el mismo movimiento continuo.