El sueño
El sueño Nada la protegía ya desde hacía tiempo cuando dieron las ocho y aumentó la luz del día. De no haber sido pisoteada, la nieve le habría llegado hasta los hombros. Por detrás de ella, tapizaba la antigua puerta, como con un manto de armiño, blanca como un altar, en la parte inferior de la fachada gris, tan desnuda y lisa que ni un copo se fijaba en ella. Cubría sobre todo las grandes imágenes de santas del derrame, blancas de los pies a los cabellos, resplandecientes de candor. Más arriba, las escenas del tímpano y las pequeñas imágenes de santas de las arquivoltas sobresalían formando aristas afiladas, dibujadas con un trazo de claridad sobre el fondo oscuro; y así hasta el arrobamiento final, la boda de Inés que los arcángeles parecían celebrar bajo una lluvia de rosas blancas. De pie en su pilar, con su palma blanca y su cordero blanco, la imagen de la virgen niña tenía una pureza blanca, un cuerpo de nieve inmaculado en la inmóvil rigidez del frío, que helaba alrededor de ella la elevación mística de la virginidad victoriosa. Y, a sus pies, la otra, la niña miserable, también blanca de nieve, tan rígida y blanca que parecía convertirse en piedra, ya no se distinguía de las grandes vírgenes.
