El sueño

El sueño

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—¡No te fíes! —prosiguió Hubertine—. Harás llorar a Inés, tu guardiana. ¿Acaso no sabes que rechazó al hijo del gobernador y que prefirió morir para casarse con Jesús?

La gran campana de la torre empezó a sonar y una bandada de gorriones alzó el vuelo desde una enorme hiedra que enmarcaba una de las ventanas del ábside. En el taller, Hubert, que seguía callado, acababa de colgar el pendón tensado, todavía con la cola húmeda, para que se secara, en uno de los grandes clavos de hierro empotrados en la pared.

El sol, al girar, se desplazaba e iluminaba los viejos utensilios, la máquina devanadora, las devanaderas de mimbre, el candelabro de cobre. Cuando alcanzó a las dos obreras, el bastidor en el que trabajaban se inflamó con sus enjulios y sus listones alustrados por el uso, con todo lo que correteaba sobre la tela, cañutillos y lentejuelas del fondo de sombrero, carretes de seda, brocas cargadas de oro fino.

Entonces, en aquel resplandor tibio de primavera, Angélique miró la gran azucena simbólica que había terminado. Después, contestó con su aspecto de confiada alegría:

—¡Pero si es a Jesús a quien quiero!


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