El sueño

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Capítulo IV

A pesar de su alegría vivaz, a Angélique le gustaba la soledad. Cuando estaba a solas en su habitación, por la mañana y por la noche, sentía el gozo de una auténtica distracción: allí se abandonaba y allí saboreaba la escapada que le proporcionaban sus ensoñaciones. A veces incluso, si, durante el día, podía correr allí por un momento, se sentía llena de felicidad como si se tratara de una huida en plena libertad.

La habitación, muy amplia, ocupaba toda una mitad del desván, mientras que el resto correspondía al granero. Estaba enteramente blanqueada con cal, las paredes, las vigas, hasta los cabrios[94] vistos de las partes abuhardilladas. En aquella blanca desnudez, los viejos muebles de roble parecían negros. Cuando renovaron el salón y el dormitorio de la planta baja, subieron allí los muebles antiguos, que databan de todas las épocas: un arca del Renacimiento, una mesa y sillas Luis XIII, una enorme cama Luis XIV, un bellísimo armario Luis XV.[95] Sólo la estufa, de loza blanca, y el tocador, una mesita recubierta de hule, desentonaban, en medio de aquellas venerables antiguallas. Envuelta en una antigua tela de seda rosa con ramilletes de brezo, tan descolorida que ya no era sino de un rosa apagado que apenas se podía adivinar, la inmensa cama conservaba especialmente la majestad de su pasado esplendor.


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