El sueño

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Pero lo que le gustaba a Angélique era el balcón. De las dos antiguas puertas vidrieras[96], la de la izquierda había sido condenada, simplemente con la ayuda de unos clavos; y el balcón, que antes dominaba el piso en toda su longitud, sólo se conservaba ya ante la ventana de la derecha. Como las vigas que lo sostenían aún servían, habían puesto un nuevo entarimado, y enroscado encima una barandilla de hierro en lugar de la antigua balaustrada estropeada. Era aquél un rincón encantador, una especie de hornacina bajo la punta del aguilón, que cerraban unas latas,[97] sustituidas a principios de siglo. Inclinándose, se podía ver toda la fachada que daba al jardín, muy deteriorada, con su zócalo de pequeñas piedras talladas, sus lienzos de madera con ladrillos vistos y sus grandes vanos, ahora reducidos. Abajo, la puerta de la cocina estaba coronada por un tejadillo cubierto de cinc. Y, arriba, las últimas soleras, que sobresalían un metro, igual que el caballete del tejado, estaban reforzadas por grandes ménsulas cuyo pie se apoyaba en la moldura[98] de la planta baja. Esto situaba el balcón en medio de una vegetación de armazones, en el fondo de un bosque de viejas maderas, que reverdecían el musgo y los alhelíes.




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