La jauria
La jauria Acostumbrada a los reposados encantos de estas perspectivas, Renée, embargada de nuevo por el hastío, había bajado completamente los párpados, sin mirar más que sus dedos ahusados y finos, que enrollaban los largos pelos de la piel de oso. Pero se produjo una sacudida en el trote regular de la fila de carruajes. Y alzando la cabeza, saludó a dos jóvenes recostadas una junto a otra, con amorosa languidez, en una carretela que abandonaba con gran estruendo la orilla del lago para alejarse por una avenida lateral. La marquesa de Espanet, cuyo esposo, entonces ayudante de campo del emperador, acababa de adherirse ruidosamente, entre el escándalo de la antigua nobleza reticente, era una de las más ilustres mundanas del Segundo Imperio; la otra, la señora Haffner, se había casado con un famoso industrial de Colmar, veinte veces millonario, y a quien el Imperio estaba convirtiendo en un político. Renée, que había conocido en el internado a las dos inseparables, como se las denominaba finamente, las llamaba por su nombre de pila: Adeline y Suzanne. Y cuando, tras haberles sonreído, iba a ovillarse de nuevo, una risa de Maxime la obligó a volverse.
—No, de veras, estoy triste, no te rías, es serio —decía, viendo al joven que la contemplaba divertido, burlándose de su actitud absorta.
Maxime adoptó un tono de voz chusco:
—¡Tenemos grandes pesares, estamos celosas!