La jauria
La jauria Ella pareció muy sorprendida.
—¿Yo? —dijo—. Celosa ¿por qué? —Luego agregó, con su mueca de desdén, como acordándose—: Ah, sÃ, ¡esa gorda de Laure! No pienso para nada en eso, mira. Si Aristide, como todos queréis darme a entender, ha pagado las deudas de esa chica y le ha evitado asà un viaje al extranjero, es que le gusta el dinero menos de lo que yo creÃa. Eso le devolverá el favor de las damas… Pobrecito, yo le dejo bien libre. —SonreÃa, decÃa «pobrecito» en un tono lleno de amistosa indiferencia. Y, súbitamente, tristÃsima de nuevo, paseando a su alrededor esa mirada desesperada de las mujeres que no saben a qué diversión entregarse, murmuró—: ¡Oh! ya quisiera… Pero no, no estoy celosa, nada celosa. —Se detuvo, vacilante—. Ya ves, me aburro —dijo por fin con voz brusca.