La taberna
La taberna Gervaise miraba insistentemente a la izquierda de la calle, donde estaba la taberna del tío Colombe, porque creía haber visto allí a Lantier, cuando una obesa mujer, que llevaba un delantal y tenía la cabeza descubierta, le dirigió desde la mitad de la calle la palabra.
—¡Señora Lantier, cómo madrugamos!
Gervaise se inclinó hacia la que le hablaba.
—¡Ah! ¡Es usted, señora Boche!… ¡Es que hoy tengo un montón de cosas que hacer!
—Sí, claro, la faena no se hace por si sola.
Se entabló una conversación desde la ventana a la calle. La señora era la portera de la casa en cuya planta baja se hallaba situado el restaurante Veau à deux têtes. Gervaise había esperado varias veces a Lantier en la portería para evitar tener que sentarse sola entre los hombres que llenaban el comedor. La portera le contó que se iba a la cercana calle Charbonnière para coger en la cama a un empleado a quien su marido era incapaz de hacerle pagar el arreglo de una levita. A continuación, le habló de uno de los inquilinos que por la noche había llegado a casa con una mujer y que, hasta las tres de la madrugada, no había dejado dormir a nadie. Sin cesar de charlar, examinaba a la joven con gran curiosidad; daba la impresión de haberse metido debajo de la ventana para enterarse de lo que pasaba.