La taberna
La taberna Entonces, bajaron los dos la cabeza. Había entre ellos algo muy dulce de lo que no hablaban. Y Gervaise aceptó. Goujet había avisado a su madre. Cruzaron el rellano y fueron a verla en seguida. La encajera estaba seria, un poco triste, con su tranquila cara pendiente del bastidor. No quería contrariar a su hijo, pero tampoco aprobaba ya el proyecto de Gervaise; y dijo claramente porqué:
Coupeau se echaba a perder y acabaría con la tienda. No le perdonaba al cinquero haberse negado a aprender a leer durante su convalecencia; el herrero se había ofrecido a enseñarle, pero el otro le había mandado a paseo, acusando al saber de enflaquecer a la gente. Esto casi había enemistado a los dos obreros; cada uno iba por su lado. Por otra parte, la señora Goujet, viendo las miradas suplicantes de gran niño, se mostró muy amable con Gervaise. Convinieron que les prestarían quinientos francos a los vecinos; se los devolverían entregando cada mes una cantidad de veinte francos; durase lo que durase.
—¡Vaya!, el herrero te ha echado el ojo —exclamó Coupeau, riéndose, cuando se enteró del asunto—. ¡Bah!, puedo estar tranquilo, es demasiado torpe… Le devolveremos el dinero. Pero, de veras, si hubiera tratado con granujas, se la habrían pegado.