La taberna
La taberna Los cuatro enterradores, que ya se iban, volvieron para brindar con los allí reunidos. No era por nada, pero la señora de antes había pesado lo suyo y se habían ganado un vaso de vino. El tío Bazouge miraba fijamente a la lavandera, sin decir una palabra fuera de lugar. Ella se levantó incomodada y dejó a los hombres, que acabaron de amonarse. Coupeau, borracho como una cuba, empezó otra vez a llorar como un becerro y decía que era de tristeza.
Por la noche, cuando Gervaise volvió a casa, se sentó en una silla y se quedó anonadada. Encontraba las habitaciones vacías y enormes. Era, ni qué decir, un buen alivio. Pero no sólo había dejado a mamá Coupeau en el fondo del agujero, en el jardincillo de la calle Marcadet. Echaba en falta demasiadas cosas; aquel día había enterrado además una parte de su vida, su tienda, su orgullo de patrona y algunos sentimientos más. Sí, las paredes se habían quedado desnudas, y su corazón también; era un cambio total, una caída en la fosa. Y se sentía muy cansada; ya reaccionaría más tarde, si es que podía.