La taberna

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Entretanto, a fuerza de mirar el macilento cielo, se había dormido con un sueño ligero y penoso. Soñaba que aquel cielo cargado de nieve se vaciaba sobre ella, tanto frío tenía. De pronto, se puso en pie; se había despertado sobresaltada por un escalofrío de angustia. ¡Cielo santo!, ¿se estaba muriendo? Despavorida y tiritando, vio que aún era de día. ¡No se haría nunca de noche! ¡Qué largo parece el tiempo cuando no se tiene nada en la barriga! Su estómago también se despertaba y la torturaba. Caída sobre la silla, con la cabeza gacha y calentándose las manos entre las piernas, pensaba ya en la cena que prepararía cuando llegara Coupeau con el dinero. Un pan, una botella de vino, dos raciones de callos a la lionesa. Dieron las tres en el reloj del tío Bazouge. Sólo eran las tres. Se puso a llorar. ¿De dónde iba a sacar fuerzas para esperar hasta las siete? Su cuerpo entero se balanceaba con el zangoloteo de una niña pequeña que mece su gran dolor, doblando la espalda, apretándose el estómago para no notarlo más. ¡Ay, duele menos parir que pasar hambre! Pero como no encontrase alivio, se levantó rabiosa, dio unos pasos por la habitación vacía, esperando dormir el hambre como a un niño al que se pasea. Durante media hora, se estuvo dando trompicones contra las paredes. De repente, se detuvo con la mirada fija. ¡Qué más daba! que dijeran lo que quisieran, les lamería los pies si así lo deseaban, pero iba a pedir prestados cincuenta céntimos a los Lorilleux.


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