Nana

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Hacia las diez de aquel martes apenas si había una docena de personas en el salón. Cuando sólo esperaba amigos íntimos no abría ni el saloncito ni el comedor. Se estaba más recogido y hablaban junto al fuego. El salón, además, era muy grande y alto; cuatro ventanas daban al jardín, de donde subía el vaho húmedo de aquel lluvioso atardecer de finales de abril, a pesar de los leños que ardían en la chimenea. Jamás daba allí el sol; de día, escasamente iluminaba la sala una claridad verdosa, y por la noche, cuando encendían las lámparas y las arañas, seguía igualmente triste, con sus muebles imperio de caoba maciza, sus cortinajes y sus sillones de terciopelo amarillo, con grandes dibujos en satén. Se penetraba en una dignidad glacial, en unas costumbres antiguas, en una edad desaparecida exhalando un tufo a devoción.

Sin embargo, enfrente del sillón en el que la madre del conde había muerto, un sillón cuadrado, de madera pesada y tela resistente, al otro lado de la chimenea, la condesa Sabine permanecía sentada en una silla cuya acolchada seda roja tenía la blandura de un edredón. Era el único mueble moderno, un rincón de fantasía introducido en aquella severidad, que sorprendía.

—Entonces —decía la joven señora— tendremos al sha de Persia.


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