Nana
Nana Se hablaba de los príncipes que acudirían a París para la Exposición. Varias señoras hacían círculo ante la chimenea. La señora Du Joncquoy, cuyo hermano había desempeñado una misión en Oriente, daba detalles sobre la corte de Nazar Eddin.
—¿Acaso se encuentra mal, querida? —preguntó la señora Chantereau, mujer de un dueño de fraguas, al ver que la condesa sufría un ligero estremecimiento y palidecía.
—No, no; nada —respondió la condesa sonriendo—. Tengo un poco de frío. ¡Tarda tanto en calentarse este salón!
Y paseó su mirada por las paredes, hasta el techo. Estelle, su hija, una joven de dieciocho años, en la edad ingrata, delgada e insignificante, se levantó de su taburete y silenciosamente agrupó los leños que habían rodado.
La señora de Chezelles, amiga de convento de Sabine y cinco años más joven, exclamó:
—¡Qué bien! Yo quisiera tener un salón como el tuyo. Por lo menos, tú puedes recibir… Hoy hacen casas que son cajitas. Si estuviese en tu puesto…