Nana

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Hablaba con aturdimiento y gestos vivaces, diciendo que cambiaría los cortinajes, los sillones, todo; luego daría unos bailes que pusieran en movimiento a todo París. Detrás de ella, su marido, un magistrado, escuchaba con seriedad. Se contaba que ella le engañaba, sin ocultarlo, pero él se lo perdonaba, y la acogía afectuosamente, porque, según decían, ella estaba loca.

—Esta Léonide… —se limitó a murmurar la condesa Sabine, con su pálida sonrisa.

Un gesto perezoso completó su pensamiento. No sería ella quien cambiase su salón después de vivir en él diecisiete años. Quedaría tal como su suegra quiso conservarlo en vida. Luego volvió a la conversación:

—Me han asegurado que tendremos también al rey de Prusia y al emperador de Rusia.

—Sí, se anuncian unas fiestas muy hermosas —dijo la señora Du Joncquoy.




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