Nana
Nana El banquero Steiner, introducido hacía poco en la casa por Léonide de Chezelles, que conocía a todo París, hablaba sentado en un canapé, entre dos ventanas; interrogaba a un diputado, del que trataba de sacar importantes noticias respecto a un movimiento de Bolsa que intuía, mientras el conde Muffat, de pie ante ellos, les escuchaba en silencio, con el rostro más serio que de costumbre. Cuatro o cinco jóvenes formaban otro grupo, junto a la puerta, rodeando al conde Xavier de Vandeuvres, quien a media voz les contaba una historia, sin duda muy picante, porque se oían risas ahogadas. En el centro del salón, completamente solo, se sentaba pesadamente en un sillón un hombre gordo, jefe de negociado en el Ministerio del Interior y dormitaba con los ojos abiertos. Uno de los jóvenes pareció dudar de la historieta de Vandeuvres, y éste levantó un poco la voz:
—Es usted demasiado escéptico, Foucarmont; se amargará sus placeres.