Nana
Nana Y se acercó riendo adonde estaban las señoras. Este Vandeuvres pertenecía a una ilustre raza, femenino y espiritual, se comía por entonces una fortuna con un frenesí de apetitos que nada apaciguaba. Su cuadra de carreras, una de las más célebres de París, le costaba un dineral; sus pérdidas en el Círculo Imperial sumaban cada mes una cantidad de luises inquietante; sus queridas le devoraban, un año con otro, una granja y algunas hectáreas de tierra o de bosques, una buena tajada de sus vastas propiedades de Picardía.
—Tiene gracia que trate a los otros de escépticos cuando usted no cree en nada —dijo Léonide, haciéndole un sitio a su lado—. Usted sí que se amarga sus placeres.
—Exacto —respondió él— quiero que los otros se aprovechen de mis experiencias.
Pero le impusieron silencio. Escandalizaba al señor Venot. Entonces las señoras se separaron un poco, y en el fondo de un diván vieron a un hombrecillo de unos sesenta años, con los dientes cariados y una sonrisa maliciosa; estaba acomodado como en su casa, escuchando a todo el mundo y sin decir una palabra. Con un gesto demostró que no estaba escandalizado. Vandeuvres recobró su grave aspecto y añadió con seriedad:
—El señor Venot sabe muy bien que yo creo en lo que debe creerse.