Nana
Nana Era un acto de fe religiosa. La misma Léonide pareció satisfecha. En el fondo de la estancia, los jóvenes ya no reían. El salón se había puesto serio y no se divertían. Había pasado un soplo glacial y en medio del silencio se oyó la voz gangosa de Steiner, a quien la discreción del diputado acabó por sacar de sus casillas. La condesa Sabine contempló el fuego un instante; luego reanudó la conversación.
—Vi al rey de Prusia el año pasado en Baden. Está muy fuerte para su edad.
—El conde de Bismarck lo acompañará —dijo la señora Du Joncquoy—. ¿Conoce al conde? Comí con él en casa de mi hermano. Pero ya hace tiempo, cuando representaba a Prusia en París… Ése es un hombre cuyos últimos triunfos no acabo de comprender.
—¿Por qué? —preguntó la señora Chantereau.
—Ay, Dios, ¿cómo lo diré…? No me gusta. Tiene un no sé qué de brutal, y es mal educado. Además, lo encuentro estúpido.
Entonces todo el mundo se puso a hablar del conde de Bismarck. Las opiniones fueron muy contradictorias. Vandeuvres le conocía y aseguraba que era un gran bebedor y un buen jugador. En lo más acalorado de la discusión se abrió la puerta y Héctor de la Faloise apareció. Le seguía Fauchery, quien se acercó a la condesa y la saludó inclinándose.