Nana

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—Señora, me he acordado de su amable invitación.

Ella esbozó una sonrisa y dijo unas palabras afables. El periodista, después de saludar al conde, se quedó un momento despistado en medio del salón, pues sólo reconoció a Steiner. Vandeuvres se volvió hacia él y le estrechó la mano.

Y en seguida, contento con su encuentro y deseoso de expansionarse, Fauchery se lo llevó aparte y le dijo en voz baja:

—Es para mañana, ¿de acuerdo?

—Caramba…

—A medianoche en su casa.

—Ya sé, ya sé… Iré con Blanche.

Quería escaparse para volver junto a las señoras y dar un nuevo argumento en favor del conde de Bismarck, pero Fauchery le retuvo.

—No adivinará qué invitación me ha encargado que haga.

Y con un ligero signo de cabeza señaló al conde Muffat, que en aquel instante discutía sobre los presupuestos con el diputado y con Steiner.

—¡No es posible! —exclamó Vandeuvres, estupefacto y casi riendo.

—Palabra. He tenido que prometerle que lo llevaría. He venido casi por eso.


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