Nana

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—Entonces, ¿por qué la anuncian para las nueve? —murmuró Héctor, en cuya cara larga y enjuta se reflejó la contrariedad—. Esta mañana, Clarisse, que actúa en la obra, todavía me aseguró empezaría a las ocho en punto.

Callaron durante un momento, levantaron la cabeza y escudriñaron entre la oscuridad de los palcos, pero el papel verde con que estaban decorados aún los oscurecía más. Al fondo, bajo el anfiteatro, los palcos estaban sumergidos en una total oscuridad. En las butacas de anfiteatro no había más que una señora gruesa, apoyada en el terciopelo de la barandilla. A derecha e izquierda, entre altas columnas, aparecían vacíos los proscenios, adornados con lambrequines de franjas anchas. La sala, blanca y oro, reanimada con un verde suave, se desvanecía con las llamas cortas de la gran lámpara de cristal, como si la envolviese un fino polvillo.

—¿Has conseguido la entrada de proscenio para Lucy? —preguntó Héctor.

—Sí, pero mi trabajo me ha costado. Bah, no hay miedo de que llegue pronto.

Ahogó un ligero bostezo y luego, tras un breve silencio, añadió:


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