Nana

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No se separaba de su primo, quien había ido a sentarse. La condesa Sabine le interesaba mucho. Habían pronunciado varias veces su nombre delante de él; sabía que, casada a los diecisiete años, debía de tener treinta y cuatro, y que llevaba desde su matrimonio una existencia monacal entre su marido y su suegra. Unos le atribuían una frialdad de devota y otros la compadecían al recordar sus alegres risas y sus bellos ojos ardientes antes de que la encerraran en aquel viejo palacio. Fauchery la observaba y vacilaba. Uno de sus amigos, un capitán muerto recientemente en México, le había hecho la víspera de su partida, al levantarse de la mesa, una de esas brutales confidencias que los hombres más discretos dejan escapar en ciertos momentos. Pero sus recuerdos eran muy vagos; aquella tarde había cenado bien, y dudaba al ver a la condesa en aquel salón antiguo, vestida de negro y con su tranquila sonrisa. Una lámpara situada tras de ella, destacaba su perfil de morena carnosa, en la que sólo la boca, un poco gruesa, ponía una especie de sensualidad imperiosa.

—Que hablen de su Bismarck —murmuró Héctor de la Faloise, que parecía aburrirse en sociedad—. Aquí se muere uno. Vaya idea que has tenido queriendo venir.

Fauchery le interrogó bruscamente:

—Dime, ¿la condesa se acuesta con alguien?


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