Nana
Nana —¡Ah, no! no, querido —balbuceó, visiblemente desconcertado y olvidando su compostura—. ¿Dónde crees que estás?
Luego se dio cuenta de que su indignación carecÃa de elegancia, y añadió, hundiéndose en un canapé:
—Digo que no, pero yo no sé nada… Hay un jovencito allá abajo, ese Foucarmont, que te lo encuentras en todos los rincones. Seguro que aún se han visto más tiesos que ése, pero me tiene sin cuidado… En fin, lo cierto es que si la condesa se divierte, debe ser muy lista, porque nada se sabe, ni nadie dice nada.
Entonces, sin que Fauchery se molestase en preguntarle, le dijo lo que sabÃa de los Muffat. Con la conversación de aquellas señoras, que continuaban charlando ante la chimenea, bajaron la voz, y se hubiese creÃdo, al verlos con sus corbatas y sus guantes blancos, que trataban con frases escogidas de algún tema serio. Asà pues, mamá Muffat, a quien Héctor habÃa conocido mucho, era una vieja insoportable, siempre entre curas, y su actitud y su gesto autoritario hacÃan que todo se doblegara ante ella.