Nana

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En cuanto a Muffat, hijo tardío de un general creado por Napoleón I, se había encontrado naturalmente favorecido después del 2 de diciembre. También carecía de alegría, pero pasaba por ser un hombre muy honrado y un espíritu muy recto. Además de esto, tenía unas opiniones del otro mundo, y una idea tan elevada de su cargo en la corte, de sus dignidades y de sus virtudes, que llevaba la cabeza tan alta como si se tratase del Santísimo Sacramento. Mamá Muffat era quien le había dado aquella educación: todos los días a confesar, nada de escapadas y ninguna salida en su juventud. Cumplía con la Iglesia, tenía crisis de fe de una violencia sanguínea, semejantes a los accesos febriles. En fin, para acabar de retratarlo con un último detalle, Héctor de la Faloise soltó una palabra al oído de su primo.

—¡No es posible!

—Me lo han jurado; palabra de honor… Ya la tenía cuando se casó.

Fauchery reía contemplando al conde, cuyo rostro, enmarcado por sus patillas y sin bigote, parecía más cuadrado y más duro mientras le citaba cifras a Steiner, quien no se dejaba convencer.

—A fe mía que tiene una cabeza como para eso —murmuró—. ¡Bonito regalo hizo a su mujer! Pobre pequeña, ¡cuánto debió aburrirse! Apuesto cualquier cosa a que no sabe nada de nada.


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