Nana

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Precisamente la condesa Sabine le hablaba, y él no la oía, de tan extraño y divertido que encontraba el caso Muffat. Ella repitió la pregunta:

—Señor Fauchery, ¿no ha publicado usted una semblanza del conde de Bismarck? ¿Le ha hablado usted?

Se levantó con viveza y se aproximó al círculo de señoras, tratando de reponerse mientras buscaba una respuesta que cayese bien.

—Por Dios, señora… Le confieso que escribí esa semblanza de acuerdo con las biografías aparecidas en Alemania. Nunca he visto al conde de Bismarck.

Se quedó al lado de la condesa. Mientras hablaba con ella no dejaba de pensar. Ella no aparentaba su edad; se le habrían calculado unos veintiocho años; principalmente sus ojos aún conservaban cierto fuego juvenil, que sus largas pestañas disimulaban en una sombra azulada. Crecida en un matrimonio desunido, pasando un mes al lado del marqués de Chouard y otro en casa de la marquesa, se había casado muy joven, al morir su madre, sin duda empujada por su padre, a quien estorbaba. El marqués era un hombre terrible, de quien se contaban extrañas historias que ya empezaban a correr, a pesar de su mucha piedad. Fauchery preguntó si no tendría el honor de saludarle. Ciertamente, su padre iría, pero más tarde; ¡tenía tanto trabajo…! El periodista, que creía saber dónde pasaba el viejo sus veladas, se quedó serio.


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