Nana
Nana Pero un signo que percibió en la mejilla izquierda de la condesa, junto a la boca, le sorprendió. Nana también lo tenía, absolutamente igual. ¡Vaya gracia! Sobre el lunar se rizaban unos pelillos; sólo que los pelos rubios de Nana eran en esta otra de un negro jade. Pero no importaba; aquella mujer no se acostaba con nadie.
—Siempre he deseado conocer a la reina Augusta, decía ella. Aseguran que es tan buena, tan piadosa… ¿Cree usted que acompañará al rey?
—Ni lo piense, señora —respondió él.