Nana

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Ella no se acostaba con nadie; saltaba a la vista. Bastaba verla con su hija, tan sola y tan afectada en su taburete. Aquel salón sepulcral, exhalando un olor a iglesia, decía bastante acerca de aquella mano de hierro bajo la cual estaba sujeta su existencia rígida. Ella no había puesto nada suyo en aquel habitáculo antiguo y negro de humedad. Era Muffat quien se imponía, quien dominaba con su devota educación sus penitencias y sus ayunos. Pero el descubrimiento del viejecito de los dientes cariados y su sonrisa maliciosa, que vio de pronto en su diván, detrás de las señoras, aún fue para él un argumento más decisivo. Conocía al personaje, Théophile Venot, un antiguo procurador que se había especializado en procesos eclesiásticos; se había retirado con una bonita fortuna y llevaba una existencia bastante misteriosa; recibido en todas partes, saludado en voz baja e incluso con cierto temor, como si representase a una gran fuerza, una fuerza oculta que se presentía tras él. Por lo demás, se mostraba muy humilde, era mayordomo de la iglesia de la Madeleine, y había aceptado con sencillez una situación de adjunto de la alcaldía del noveno distrito, para llenar sus ocios, decía él. Caramba, la condesa estaba bien rodeada; no había nada que hacer con ella.

—Tienes razón, aquí se muere uno —dijo Fauchery a su primo, cuando se zafó del grupo de las señoras—. Vámonos.


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