Nana

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Pero Steiner, a quien el conde Muffat y el diputado acababan de dejar, avanzó furioso, sudando y gruñendo a media voz:

—Diablos, no dicen nada que no quieran decir. Ya encontraré a otros que hablen.

Luego, arrastrando al periodista hacia un rincón y cambiando de voz, dijo con acento victorioso:

—Es para mañana… Ya lo sé, querido.

—Ah… —murmuró Fauchery, asombrado.

—No lo sabe… Lo que me costó encontrarla en su casa. Además, Mignon no me soltaba.

—Pero los Mignon también van.

—Sí, me lo ha dicho. En fin, me ha recibido y me ha invitado. A medianoche en punto, después del teatro.

El banquero estaba radiante. Entornó los párpados y añadió dando a sus palabras un valor particular:

—Ya está hecho. ¿Y usted?

—¿Yo qué? —dijo Fauchery afectando no comprender—. Ella quiso darme las gracias por mi artículo, y vino a mi casa.

—Sí, sí… Qué felices son ustedes. Se les recompensa… A propósito, ¿quién paga mañana?


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