Nana

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El periodista abrió los brazos como diciendo que no había conseguido averiguar nada. Pero Vandeuvres llamaba a Steiner, que conocía al conde de Bismarck. La señora Du Joncquoy casi estaba convencida. Concluyó con estas palabras:

—Me produjo mala impresión; le encontré un rostro desagradable. Pero prefiero creer que tiene mucho ingenio, y eso explica sus éxitos.

—Sin duda —dijo con una pálida sonrisa el banquero, que era un judío de Francfort.

Mientras tanto, Héctor de la Faloise se atrevió a interrogar esta vez a su primo; lo alcanzó y le dijo al oído:

—¿Se cena en casa de una señora, mañana por la noche? ¿En casa de quién? ¿En casa de quién?

Fauchery hizo como que no le escuchaba; había que ser prudente.

La puerta acababa de abrirse nuevamente y una anciana señora entró seguida de un jovencito, que el periodista reconoció como el fugado del colegio que en el estreno de La Venus Rubia había lanzado el famoso grito ¡Muy bien! del que aún se hablaba. La llegada de esta señora produjo un gran revuelo. La condesa Sabine se levantó en seguida y fue a saludarla; la cogió de las manos y la llamaba «mi querida señora Hugon».


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