Nana
Nana Héctor, viendo que su primo observaba interesado la escena, a fin de conmoverle le puso al corriente en pocas palabras; la señora Hugon, viuda de un notario retirado en las Fondettes, una antigua propiedad de su familia, cercana a Orleáns, conservaba una vivienda en París, en una casa que poseía en la calle Richelieu; en aquellos días pasaba allí unas semanas para instalar a su hijo más joven, que estudiaba el primer curso de derecho; en otros tiempos había sido gran amiga de la marquesa de Chouard y vio nacer a la condesa, a quien tuvo algunos meses en su casa, antes de su matrimonio, y a la que aún tuteaba.
—Te he traído a Georges —decía la señora Hugon a Sabine—. Ha crecido, creo yo.
El jovencito, con sus ojos claros y sus rizos rubios de chiquilla transformada en muchacho, saludaba a la condesa con familiaridad, y le recordaba una partida de volantes que habían jugado juntos hacía dos años en las Fondettes.
—¿Philippe no está en París? —preguntó el conde Muffat.
—No, no —respondió la anciana—. Sigue de guarnición en Bourges.