Nana
Nana Se había sentado y hablaba con orgullo de su primogénito, un mocetón que, después de enrolarse por una calaverada, acababa de alcanzar en muy poco tiempo el grado de teniente. Todas aquellas señoras la rodearon con respetuosa simpatía. La conversación se animó, más amable y más delicada.
Y Fauchery, al ver aquella respetable señora Hugon, aquel rostro maternal con trenzas de cabellos blancos e iluminado por tan dulce sonrisa, encontró ridículo el haber sospechado un momento de la condesa Sabine.
Sin embargo, la aparatosa silla tapizada de seda roja en que se sentaba la condesa acabó llamándole la atención. La encontró grosera, de una fantasía desconcertante en aquel salón vulgarísimo. Seguramente que no había sido el conde quien introdujo aquel mueble de voluptuosa pereza. Se habría dicho que intentaba el principio de un deseo y un goce. Entonces se olvidó de todo y, soñando, revivió aquella vaga confidencia, recibida una noche en el reservado de un restaurante. Había deseado introducirse en casa de los Muffat, impulsado por una curiosidad sensual; ya que su amigo se había que dado en México, ¿acaso no…? Debía intentarlo. Sin duda era una necedad; sólo que la idea le atormentaba, se sentía atraído y con el vicio despierto. La gran silla tenía un aspecto coquetón, que ahora le divertía.