Nana
Nana —¿Qué, nos vamos? —dijo Héctor, prometiéndose que le dirÃa el nombre de la mujer en cuya casa cenarÃa.
—Dentro de poco —respondió Fauchery.
Y ya no se impacientó, dando por pretexto la invitación que le habÃan encargado que ofreciese y que no era fácil de hacer. Las señoras hablaban de una toma de hábitos, una ceremonia muy emocionante, por la que el ParÃs mundano estaba conmovido desde hacÃa tres dÃas. Se trataba de la primogénita de la baronesa de Fougeray, que acababa de entrar en las carmelitas con una vocación irresistible. La señora Chantereau, prima lejana de las Fougeray, reconocÃa que la baronesa tuvo que meterse en cama al dÃa siguiente a causa de su disgusto.
—Yo estuve muy bien situada —dijo Léonide—. Encontré aquello muy curioso.
Sin embargo, la señora Hugon compadecÃa a la pobre madre. ¡Qué dolor perder asà a una hija!
—Se me acusa de ser devota —dijo con su tranquila franqueza— pero eso no impide que encuentre crueles a los hijos que se empeñan en semejantes suicidios.
—SÃ, es una cosa terrible —murmuró la condesa, con un ligero escalofrÃo, ovillándose más en el fondo de su gran silla, delante del fuego.