Nana
Nana Entonces discutieron las señoras. Pero sus voces eran discretas, de ligeras risas que por momentos cortaban la seriedad de la conversación. Las dos lámparas de la chimenea, cubiertas con un encaje rosa, las iluminaban débilmente, y sólo había, sobre otros muebles apartados, tres lámparas más, que dejaban el amplio salón en una suave penumbra.
Steiner se aburría. Contaba a Fauchery una aventura de aquella mujercita de Chezelles, que sólo llamaba Léonide, una tunanta, decía bajando la voz detrás de los sillones de las señoras.
Fauchery la contemplaba con su vestido de satén azul pálido, cómicamente sentada en una esquina de su butaca, delgada y tiesa como un muchacho, y acabó por sorprenderse de verla allí; se encontraba mejor en casa de Caroline Héquet, cuya madre la había montado con mucho gusto. Era un tema para un artículo. ¡Qué extraño mundo el de la sociedad Parisiense! Los salones más rígidos estaban invadidos. Evidentemente, aquel silencioso Théophile Venot, que se limitaba a sonreír enseñando sus dientes cariados, debía constituir un legado de la difunta condesa, al igual que las señoras mayores, la de Chantereau, la de Du Joncquoy, y cuatro o cinco viejos inmóviles en las esquinas.