Nana
Nana El conde Muffat acostumbraba invitar a funcionarios que poseían esa corrección que tanto gustaba en casa de los hombres de las Tullerías; entre otros, al jefe de negociado, siempre solo en medio de la estancia, la cara afeitada y la mirada apagada, apretado su traje hasta no poder ni moverse. Casi todos los jóvenes y algunos personajes de buenos modales venían por el marqués de Chouard, que había conservado relaciones en el partido legitimista, después de haberse burlado al entrar en el Consejo de Estado. Quedaban Léonide de Chezelles, Steiner, un rincón sospechoso, en el cual la señora Hugon conversaba con su serenidad de anciana y amable señora. Y Fauchery, que ya veía su artículo, y llamaba aquello el rincón de la condesa Sabine.
—En otra ocasión —continuaba Steiner en voz baja— Léonide hizo venir a su tenor a Montauban. Ella vivía en el castillo de Beaurecueil, dos leguas más lejos, y todos los días llegaba en una calesa con dos caballos, para verle en el Lion d’Or, donde se hospedaba. El carruaje se quedaba a la puerta y Léonide permanecía varias horas mientras la gente hacía corro y miraba los caballos.