Nana

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Hubo un silencio y pasaron algunos segundos solemnes bajo el techo. Dos jóvenes cuchicheaban, pero también callaron, y no se oyó más que el paso amortiguado del conde Muffat, que atravesaba la estancia. Las lámparas parecían haberse debilitado, el fuego se extinguía, una sombra severa ahogaba a los viejos amigos de la casa en los sillones que ocupaban desde hacía cuarenta años. Fue como si, entre dos frases, los invitados hubiesen presentido la presencia de la madre del conde, mirándoles con su gesto glacial. La condesa Sabine reanudó la conversación:

—En fin, el rumor se ha extendido. El joven habrá muerto, y eso explicaría la entrada en el convento de esa pobre muchacha. También se dice que el señor de Fougeray nunca habría consentido el matrimonio.

—También se dicen otras muchas cosas —exclamó Léonide imprudentemente.

Se echó a reír, negándose a hablar. Sabine, ganada por aquella alegría, se llevó el pañuelo a los labios. Y aquellas risas, en la solemnidad de la amplia pieza, adquirieron un sonido que dejó a Fauchery sorprendido; eran como el cristal que se rompe. Ciertamente, en aquello había un principio de trastorno. Todas las voces empezaron a hablar la señora Du Joncquoy protestaba, la señora Chantereau sabía que se proyectaba un matrimonio, pero que las cosas no adelantaron; los mismos hombres eran de su opinión.


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