Nana
Nana Durante algunos minutos aquello fue una confusión de juicios en los que los diversos elementos del salón, los bonapartistas y los legitimistas, se mezclaban a los escépticos mundanos, con quienes se codeaban. Estelle había llamado para que avivasen el fuego; el criado cargó las lámparas, y parecía que aquello despertaba. Fauchery sonreía sintiéndose a gusto.
—Diablos, se casan con Dios cuando no pueden casarse con su primo —dijo entre dientes Vandeuvres, a quien molestaba el tema y que acababa de reunirse con Fauchery—. Querido, ¿ha visto alguna vez a una mujer amada hacerse religiosa?
No esperó su respuesta, y dijo a media voz:
—Decidme, ¿cuántos seremos mañana? Estarán los Mignon, Steiner, usted, Blanche, yo… ¿Quiénes más?
—Supongo que Caroline… Simonne, Gagá sin duda… Nunca se sabe el número; ¿no es así? En esas ocasiones se cree que serán veinte y son treinta.
Vandeuvres, que contemplaba a las señoras, pasó bruscamente a otro tema.
—Debió estar muy bien esa señora Du Joncquoy hace quince años. La pobre Estelle aún se ha estirado más. Bonita tabla para meterla en la cama.
Se interrumpió y volvió al tema de la cena del día siguiente.