Nana
Nana —Lo más enojoso de todas estas celebraciones es que siempre hay las mismas mujeres. SerÃa necesaria alguna novedad. Trate de encontrar alguna. Tengo una idea. Voy a rogar a ese señor gordo que lleve a la mujer que acompañaba la otra noche en el Varietés.
Hablaba del jefe de negociado, adormilado en un ángulo del salón. Fauchery se divirtió desde lejos siguiendo aquella delicada negociación. Vandeuvres se habÃa sentado al lado del hombre gordo, que permanecÃa muy digno. Pareció que discutÃan durante un momento la cuestión pendiente: la de saber qué verdadero sentimiento empujaba a una muchacha a entrar en un convento. Luego el conde regresó diciendo:
—No es posible. Jura que es decente y que se negarÃa… Sin embargo, apostarÃa a que la he visto en Casa Laure.
—¡Cómo! ¿Va usted a Casa Laure? —murmuró Fauchery riendo—. Se arriesga usted en semejantes sitios. Creà que sólo la frecuentábamos nosotros, los pobres diablos.
—Querido, hay que conocerlo todo.