Nana

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Entonces, riendo, los ojos chispeantes, se dieron detalles sobre la mesa redonda de la patrona de la calle de los Martyrs, en donde la gorda Laure Piédefer, por tres francos, daba de comer a las señoritas apuradas. ¡Bonito cuento! Todas las mujercitas besaban a Laure en la boca. Y como la condesa Sabine volvió la cabeza, cogiendo unas palabras, ellos retrocedieron, restregándose uno contra otro, alegres y excitados. Junto a ellos no habían percibido a Georges Hugon, que les escuchaba y se sonrojaba tanto que una oleada de carmín le iba desde las orejas hasta su garganta de chiquillo. Aquel adolescente estaba avergonzado y embobado. Desde que su madre lo había dejado en el salón, no hacía más que dar vueltas en tomo a la señora de Chezelles, la única mujer que le pareció bien. ¡Y eso que Nana lo tenía bien agarrado!

—Anoche —decía la señora Hugon— Georges me llevó al teatro. Sí, al Varietés, donde hacía más de diez años que no había puesto los pies. Este chiquillo adora la música. A mí aquello no me distrajo, pero él era tan dichoso. Hoy representan obras muy extrañas. Además, la música me apasiona poco, lo confieso.

—¿Cómo, señora? ¿No ama usted la música? —exclamó la señora Du Joncquoy levantando los ojos al cielo—. ¿Es posible que no se ame la música?


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