Nana

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Fue una exclamación general. Nadie abrió la boca sobre la obra del Varietés, de la cual la buena señora Hugon no había comprendido nada; aquellas señoras la habían visto, pero no querían hablar de ella. Inmediatamente trataron del sentimiento, de la admiración refinada y estática de los maestros. A la señora Du Joncquoy no le gustaba más que Weber y la señora Chantereau se quedaba con los italianos. Las voces de aquellas señoras estaban languideciendo. Se hubiese dicho que delante de la chimenea había un recogimiento de iglesia, el cántico discreto y desmayado de una capilla.

—Vamos —murmuró Vandeuvres, arrastrando a Fauchery al centro del salón— es preciso que invitemos a una mujer para mañana. ¿Y si se lo pidiésemos a Steiner?

—Bah… —dijo el periodista—, cuando Steiner tiene una mujer, es que París no la quiere.

Vandeuvres, sin embargo, buscaba en torno suyo.

—Espere. El otro día encontré a Foucarmont con una rubia encantadora. Voy a decirle que la lleve.


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