Nana

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Dieron las once. La condesa, ayudada por su hija, servía el té. Como no habían acudido más que los íntimos, las tazas y los platos con pastelitos circulaban familiarmente. Incluso las señoras no abandonaron su asiento delante del fuego, bebiendo despacio y cogiendo los pastelillos con la punta de los dedos. La conversación pasó de la música a los abastecedores. No había como Boissier para las cremas y Catherine para los helados; sin embargo, la señora Chantereau abogaba por Latinville. Se hablaba sin calor, desmayadamente; la lasitud adormecía al salón.

Steiner se puso a trabajar sordamente al diputado, que quedó bloqueado en el rincón de un sofá. El señor Venot, a quien los dulces habrían destrozado los dientes, comía pastas secas, mordisco a mordisco, con un roer de ratón; el jefe de negociado metía la nariz en la taza y no acababa nunca. La condesa, sin apresurarse, iba de un lado a otro, sin insistir, quedándose unos segundos observando a los hombres con gesto de muda interrogación; luego sonreía y continuaba. El fuego la había enrojecido y parecía hermana de su hija, tan enjuta y tan torpe al lado suyo.

Cuando se aproximaba a Fauchery, que hablaba con su marido y con Vandeuvres, notó que se callaban, y no se detuvo, dirigiéndose a Georges Hugon con la taza de té que ofrecía:


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