Nana
Nana Había adoptado un aire glacial, para hacerles entender que aquella broma era de muy mal gusto. El sitio de un hombre de su rango no estaba en la mesa de una de esas señoras. Vandeuvres se recreó: se trataba de una cena de artistas, y el talento lo excusaba todo. Pero sin hacer caso a los argumentos de Fauchery, que hablaba de una cena en la que el príncipe de Escocia, un hijo del rey, se había sentado al lado de una antigua cantante de cabaret, el conde acentuó su negativa. Incluso dejó escapar un gesto de irritación, a pesar de su gran cortesía.
Georges y Héctor, de pie los dos y con su taza de té en la mano, oyeron algunas palabras acerca de ellos.
—Vaya, es en casa de Nana —murmuró Héctor—. Debí suponerlo.
Georges no decía nada, pero se impacientaba: su rubio cabello revuelto y sus ojos azules reluciendo como ascuas señalaban cómo el vicio en que andaba desde hacía unos días le encendía y le trastornaba. Al fin se le brindaría todo lo que había soñado.
—El caso es que no sé su dirección —murmuró Héctor.
—Bulevar Haussmann, entre la calle Arcade y la calle Pasquier, tercer piso —dijo Georges de un tirón.
Y como el otro le mirase con desconcierto, añadió, enrojeciendo y con petulancia: