Nana
Nana —Soy de la partida; me ha invitado esta mañana.
Pero un gran movimiento se había producido en el salón. Vandeuvres y Fauchery no insistieron más ante el conde. El marqués de Chouard acababa de entrar y todos se acercaron a saludarle. Avanzaba penosamente, flaqueándole las piernas, y se quedó en el centro de la estancia, pálido, parpadeando, como si saliese de alguna callejuela sombría y estuviese cegado por la claridad de las lámparas.
—Ya no esperaba verle, padre —dijo la condesa—. Habría estado inquieta hasta mañana.
La miró sin contestar, con el aspecto de quien no comprende. Su nariz, muy gruesa en su afeitado rostro, parecía como hinchada por la erisipela y el labio inferior le colgaba. La señora Hugon, viéndole tan abatido, sintió lástima.
—Trabaja demasiado. Debería descansar… A nuestra edad hay que dejar los trabajos para los jóvenes.
—El trabajo… Sí, el trabajo —balbuceó—. Siempre demasiado trabajo.
Se recobraba, enderezaba su encorvado talle, pasándose la mano, en un ademán muy propio de él, por sus blancos cabellos, cuyos raros mechones le caían detrás de las orejas.
—¿En qué trabaja hasta tan tarde? —preguntó la señora Du Joncquoy—. Le creía en la recepción del ministro de Finanzas.