Nana
Nana —Mi padre tenĂa que estudiar un proyecto de ley —intervino la condesa.
—SĂ, un proyecto de ley —dijo— precisamente un proyecto de ley… Me encerré… Es respecto a las fábricas, y quisiera que se observase el descanso dominical. Es verdaderamente vergonzoso que el Gobierno no se decida a actuar con vigor. Las iglesias están vacĂas, vamos a la catástrofe.
Vandeuvres habĂa mirado a Fauchery. Ambos se encontraban detrás del marquĂ©s, y le olfateaban. Cuando Vandeuvres pudo llevárselo aparte, para hablarle de aquella guapa persona que llevaba al campo, el anciano fingiĂł una gran sorpresa. Acaso le habĂa visto con la baronesa Decker, en casa de la cual pasaba a veces algunos dĂas, en Viroflay. Tan sĂłlo por venganza, Vandeuvres le preguntĂł bruscamente:
—Diga, ¿por dónde ha pasado? Su codo está lleno de telas de araña y de yeso.
—Mi codo —murmuró el anciano ligeramente turbado— pues es verdad. Un poco de suciedad… Debà cogerla al salir de casa.