Nana
Nana Varias personas se marchaban. Era casi medianoche. Dos criados se llevaron las tazas vacías y las bandejas de pasteles sin hacer ruido. Ante la chimenea, las señoras habían reformado y reducido su corro, hablando con más abandono en la languidez de aquel fin de velada. El mismo salón se adormecía, y sus paredes se llenaban de vagas sombras. Entonces Fauchery habló de retirarse, pero se olvidó de irse para contemplar a la condesa Sabine, la cual descansaba de sus tareas de ama de casa en su sitio de costumbre, muda, los ojos puestos en un tizón que ya era una brasa, y su rostro, tan blanco y firme, le hizo renacer sus dudas. Al resplandor de la chimenea, los pelillos negros del lunar que tenía junto a los labios parecían rubios. Igual que el lunar de Nana, hasta del mismo color. No pudo contenerse y se lo dijo a Vandeuvres al oído. Y era cierto, pero éste no lo había notado. Y continuaron el paralelo entre Nana y la condesa. Le encontraron un vago parecido en la barbilla y en la boca, aunque los ojos no eran iguales. Además, Nana tenía aspecto de buena muchacha, y con la condesa no se sabía a qué atenerse; se habría dicho una gata dormida, las uñas escondidas y las patas apenas agitadas por un estremecimiento nervioso.
—A pesar de todo, uno se acostaría con ella —declaró Fauchery.
Vandeuvres la desnudaba con la mirada.