Nana
Nana —SĂ, tiene razĂłn —dijo—. Pero no sĂ©, no sĂ©; desconfĂo de sus muslos. ApostarĂa que no los tiene.
Se callĂł. Fauchery le tocaba vivamente con el codo, señalándole a Estelle, sentada en su taburete delante de ellos. HabĂan levantado la voz sin darse cuenta, y ella debiĂł de oĂrles. Sin embargo, permanecĂa tiesa, inmĂłvil, con su cuello delgado de muchacha que creciĂł muy rápidamente, y en el que ni un pelo se agitaba. Entonces se apartaron tres o cuatro pasos. Vandeuvres juraba que la condesa era una mujer muy honesta.
En aquel instante las voces de la chimenea se elevaron. La señora Du Joncquoy decĂa:
—He admitido que el conde de Bismarck puede ser un hombre de talento, pero si pretende que sea un genio…
Aquellas señoras habĂan vuelto a su primer tema.
—¿Cómo? ¿Otra vez con el conde de Bismarck? —murmuró Fauchery—. Ahora sà que me voy.
—Espere —dijo Vandeuvres— aún nos falta una contestación definitiva del conde.