Nana
Nana El conde Muffat hablaba con su suegro y algunos hombres serios. Vandeuvres lo apartó y renovó la invitación, y la apoyó diciendo que él también iría a la cena. Un hombre podía ir a todas partes; nadie vería nada malo en lo que sólo había curiosidad. El conde escuchaba sus argumentos con los ojos bajos y sin decir nada. Vandeuvres notó que vacilaba, cuando el marqués de Chouard se aproximó a ellos con aire interrogador, y cuando supo de qué se trataba, porque Fauchery le invitó a su vez, miró furtivamente a su yerno.
Hubo un silencio embarazoso, pero ambos se animaban y habrían concluido por aceptar si el conde Muffat no se hubiese quedado a un paso del señor Venot mirándole con fijeza. El viejecito no sonreía, tenía un rostro terroso y ojos de acero, claros y agudos.
—No —respondió el conde inmediatamente y en tono tan claro que no admitía réplica.
Entonces el marqués rehusó con mayor energía aún. Habló de la moral. Las clases altas debían dar el ejemplo. Fauchery esbozó una sonrisa y estrechó la mano a Vandeuvres, diciendo que se iba inmediatamente porque debía pasar por el periódico.
—En casa de Nana a medianoche, ¿no es así?