Nana
Nana Héctor de la Faloise se retiró igualmente. Steiner acababa de saludar a la condesa. Otros hombres les siguieron. La misma frase circulaba, repetida por cada uno: «A medianoche en casa de Nana» al ir a recoger su abrigo en la antesala. Georges, que debía irse con su madre, se había quedado en el umbral, indicando la dirección exacta: «Tercer piso, la puerta de la derecha». No obstante, antes de salir, Fauchery echó un último vistazo. Vandeuvres había vuelto a su sitio en medio de las señoras y hablaba con Léonide de Chezelles. El conde Muffat y el marqués de Chouard se mezclaron en la conversación, mientras la buena señora Hugon dormitaba con los ojos abiertos. Perdido tras las faldas, el señor Venot se hacía pequeñito y recobraba su sonrisa. Lentamente sonaron las doce en la vasta y solemne estancia.
—¡Cómo, cómo! —replicaba la señora Du Joncquoy—. ¿Supone usted que el conde de Bismarck nos hará la guerra y nos ganará? ¡Oh! esto ya es demasiado.
Reían, en efecto, alrededor de la señora Chantereau, quien acababa de repetir aquella idea, que había oído en Alsacia, donde su marido poseía una fábrica.
—El emperador está allí, afortunadamente —dijo el conde Muffat, con su gravedad oficial.