Nana
Nana Ésta fue la última palabra que escuchó Fauchery. Cerró la puerta después de contemplar una vez más a la condesa Sabine. Ella hablaba suavemente con el jefe de negociado y parecía interesarse en la conversación de aquel hombre gordo. Decididamente estaba equivocado y no había tal cascajo.
Era una lástima.
—¿Qué? ¿No bajas? —le gritó Héctor desde el vestíbulo.
Y en la acera, al separarse, todavía repitieron: «Hasta mañana en casa de Nana».