Nana

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—No tan aprisa —respondió Fauchery—. Hay que conocer a su Nana antes de hablar de ella. Además, no le prometí nada.

Luego, para cambiar de tema, presentó a su primo, Héctor de la Faloise, un joven que llegaba a París para completar su formación. El director midió al joven de una ojeada mientras Héctor lo miraba con cierta emoción. Entonces, aquel era el célebre Bordenave, el exhibidor de mujeres que las trataba como un cabo de vara, el cerebro que siempre lanzaba algún reclamo, gritando, escupiendo, golpeándose los muslos, cínico y con alma de gendarme. Héctor consideró que debía decir alguna frase amable.

—Su teatro… —empezó con voz aflautada.

Bordenave le interrumpió tranquilamente, con una palabra cruda de hombre que gusta de las situaciones francas.

—Diga mi burdel.

Entonces Fauchery tuvo una risa aprobadora mientras de la Faloise se quedaba con su cumplido ahogado en la garganta, muy extrañado y tratando de digerir la expresión. El director se había apresurado a estrechar la mano de un crítico dramático cuyas reseñas gozaban de gran influencia. Cuando regresó, Héctor de la Faloise ya había recobrado su aplomo. Temía que le tratase de provinciano y estaba muy cohibido.


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