Nana
Nana —El prÃncipe ha llegado.
—¡Ah! —exclamaron los demás con cierto interés.
—SÃ, corrÃa por eso, pues querÃa verlo… Está en el primer proscenio de la derecha, en el mismo del jueves. Es la tercera vez que viene en ocho dÃas. Tiene mucha suerte esa Nana. Yo estaba en que no volverÃa.
Simonne iba a hablar, pero sus palabras las cortó un nuevo grito a un paso del saloncito. Era el avisador que desde el pasillo chillaba: «Ya están avisados».
—Esto comienza a animarse. ¡Tres veces! —exclamó Simonne cuando pudo hablar—. Sabed que no quiso ir a casa de ella, y se la lleva a la suya. Parece que la cosa le cuesta cara.
—Naturalmente cuando se va a la ciudad —murmuró maliciosamente Prullière, levantándose para echar al espejo una mirada de hombre adorado por las damas en los palcos.
—¡Están avisados, están avisados! —repetÃa la voz del avisador, cada vez más lejana, mientras recorrÃa los pisos y los pasillos.