Nana

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—Yo que tú haría que trajesen café —repuso el viejo Bosc, que se había sentado en una banqueta de terciopelo verde y apoyaba la cabeza en la pared.

Pero Simonne decía que debían respetarse las pequeñas ganancias de la tía Bron. Y aplaudía entusiasmada, comiéndose con la mirada a Fontan, cuya máscara de hocico de cabra se movía en un juego incesante de ojos, nariz y boca.

—Ese Fontan… No hay como él; nadie como él.

Las dos puertas del saloncito continuaban abiertas frente al pasillo que daba a los camerinos. A lo largo de la pared amarilla, vivamente iluminada por un mechero de gas que no se veía, desfilaban rápidas siluetas de hombres vestidos, de mujeres medio desnudas y envueltas en sus chales, además de la figuración del segundo acto, los danzantes del baile popular de La Boule-Noire, y se oía, al final del pasillo, el ruido de las pisadas en los cinco peldaños de madera que bajaban al escenario. Cuando la gran Clarisse pasó corriendo, Simonne la llamó, y ella le dijo que volvería en seguida y reapareció casi inmediatamente, temblando bajo la delgada túnica y el chal de Isis.

—¡Demonios! —exclamó—, hace frío. Y yo que me he dejado el abrigo en mi cuarto.

Luego, de pie ante la chimenea, calentándose las piernas, cuyas mallas se teñían de un rosa vivo, añadió:


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