Nana

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Simonne y Prullière no se movieron. Cuatro o cinco cuadros de paisajes y un retrato del actor Vernet amarilleaban al calor del gas. Sobre un pedestal había un busto de Potier, una de las antiguas glorias del Varietés, que miraba con ojos vacíos. En aquel instante se oyó una voz. Era Fontan, con su traje del segundo acto, un simpático muchacho vestido de amarillo y guantes del mismo color.

—¡Eh! —gritó gesticulando—. ¿No lo sabéis? Hoy es mi santo.

—Vaya —repuso Simonne, que se le acercó sonriendo, como atraída por su gran nariz—, entonces te llamas Aquiles.

—Claro, y voy a decir a la tía Bron que suba champaña después del segundo.

Hacía ya un momento que se oía el tintineo de la campanilla. Su prolongado sonido se debilitaba, luego volvió, y cuando calló la campanilla se oyó un grito subiendo y bajando la escalera y perdiéndose por los pasillos: «¡A escena, para el segundo…! ¡A escena para el segundo!». Al acercarse esa llamada, un hombrecillo pálido pasó por delante de las puertas del saloncito, donde gritó con toda la potencia de su voz cascada:

—¡A escena para el segundo!

—¿Dices champaña? —preguntó Prullière, sin que pareciese haber oído el aviso—. Tú verás.


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